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Nacimiento, Natalia Romero

Le pregunté a la abuela

por el día de mi nacimiento.

¿Qué hacías cuando tu hija

se convertía en madre?

Ella se acomoda el volado

de la camisa de domingo

ese azul, ahora gastado

por el sol de las tardes

sentada en la vereda.

Hace un movimiento con los ojos

uno que no puedo seguir

se queda quieta en la virgen

esa, que cambia de color

con el clima.

La virgen está violeta

es la humedad, va a llover.

Me acuerdo

del día en que me enteré

que al nacer mamá

la abuela casi se muere.

La partera se asustó

mamá nació en una sala de hospital

y la abuela temblaba.

Me contaron que el médico

le preguntó a mi abuelo

a quién salvamos

a las dos, respondió.

Claro que a las dos, dijo

como excusándose.

Y cada vez que lo cuenta

es lo mismo.

Como si aún tuviera

una culpa

por haber tomado

ese riesgo ineludible

de quererlo todo.

Natalia Romero (Bahía Blanca, Argentina, 1985).

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En camino, José Manuel Arango

Para Gustavo Zuluaga

.

1

Y, a lado y lado del camino,

ralos matojos

de helechos,

en este mes del año requemados,

resecos.

.

2

Un alud, en invierno,

en el lomo del monte

dejó algo así como una dentellada

de barro rojo.

.

Ahí queda por meses,

tal vez por años.

Es una cicatriz

bermeja.

.

3

O manchones

—aquí y allá—

de un pardo rojizo.

Allí donde la pobre

vegetación de zarzas

y malezas se agosta,

.

como si un terco mal

de la tierra, un matiz

del rojo de la tierra

subiera por sus tallos

y se mezclaran al bruno

de la maleza ardida.

.

4

Un ronroneo de colmena:

lo oye el caminante.

.

Más allá,

entre musgos,

hay un nacimiento.

.

5

Que el caminante baje

hasta aquella hondonada donde el verde

se hace más oscuro.

.

Encontrará, entre piedras,

un hilo de agua fría,

podrá beber un puño de agua fría

para la sed.

.

6

Y después el camino

se pierde en un paraje

arbolado de búcaros

y más allá reaparece

para trepar por un costillar mondo.

.

Sólo un camino: una delgada

incisión en el lomo

de la montaña: un arañazo

o la huella de un arañazo.

.

7

Ese huevo sonrosado entre la maleza.

El caminante lo alza para

remirarlo contra la luz.

.

8

y, por fin, una redondez.

Pero de ningún modo la redondez de un seno.

.

Más bien

algo como un muñón,

como el esbozo

de un cráneo.

.

Quizá una giba,

sí: una giba rocosa.

.

9

Y otra cumbre.

Otra hermosa perspectiva

de despeñaderos.

José Manuel Arango 

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Antes, Manuela Gómez 

Antes
Mi hijo decía luenga
en vez de lengua.
Yo no lo corregí
ni una sola vez.
Amaba el sonido
de esa palabra extraña
como recién nacida.
Cuando alguien le enseñó
“Se dice jirafa, no firasa”
de verdad lo lamenté.
Igual con la mariposa
que antes era papiosa.
Sabía que esas palabras
no se quedarían
mucho tiempo
ahí,
en su voz.
¿Para qué apurarse entonces?
Las palabras habituales
están ahora en su sitio.
Excepto,
cuando quiere hablarme
de jaguares y dice
“mamá están en vida de extinción.”
Ya sabemos,
no hay que decirle nada,
quizás queden algunos días así
en que la vida sea lo que se extinga,
sin intermediarios.

 

Te digo
Te digo:
No comas tanto dulce,
ponte los zapatos,
¿Te picó un mosquito?
Quédate quieto en la orilla.
Déjame ponerte el protector solar,
aquí en la nariz, en las mejillas.

“Bla, bla, bla” dices tú
y me haces reír.

Tantas cosas
¿cierto?

Y una detrás de la otra
otra vez
y otra.

Pero hay momentos
como este
tu papá te sostiene
en la piscina,
nado hasta ustedes
los abrazo muy fuerte,
somos ese animal
que juega en el rio.

Tú estás en medio
y todo lo que veo
es tu piel
finita
con estrellas de agua.

¿Quién dijo que lo demás es la vida?

Mira cómo se desarman
todas las cosas
que te digo.

***

Manuela Gómez Nació en Medellín Colombia (1985) Publicó el libro de poemas La vida como era (Atarraya 2017)

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Teoría de las puertas, Luis Vidales

Soy alguien dado a investigaciones científicas. Últimamente he descubierto una teoría del equilibrio.

Ante todos los sabios del mundo yo asiento mi teoría del equilibrio.

Cuando una puerta se abre, la puerta equidistante, al otro lado del mundo, se cierra irremisiblemente.

Por eso —y todos lo hemos visto— de golpe, las puertas se cierran solas.

El día que todas las puertas se abrieran a una vez, el mundo quedaría lleno de huecos y el viento se entraría en ellos y se llevaría la tierra por los espacios ilímites…

Luis Vidales, (Calarcá, 1900 – Bogotá, 1990)

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La patria, María Mercedes Carranza 

Esta casa de espesas paredes coloniales
y un patio de azaleas muy decimonónico
hace varios siglos que se viene abajo.
Como si nada las personas van y vienen
por las habitaciones en ruina,
hacen el amor, bailan, escriben cartas.

A menudo silban balas o es tal vez el viento
que silba a través del techo desfondado.
En esta casa los vivos duermen con los muertos,
imitan sus costumbres, repiten sus gestos
y cuando cantan, cantan sus fracasos.

Todo es ruina en esta casa,
están en ruina el abrazo y la música,
el destino, cada mañana, la risa son ruina;
las lágrimas, el silencio, los sueños.
Las ventanas muestran paisajes destruidos,
carne y ceniza se confunden en las caras,
en las bocas las palabras se revuelven con miedo.
En esta casa todos estamos enterrados vivos.

María Mercedes Carranza (Bogotá, 24 de mayo de 1945 – 11 de julio de 2003)

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90 grados, Lucía Vargas

Fui de caza. Maté un animal.
Te volviste a comunicar conmigo a través de esas dos líneas.
Sin comas, así, separadas con puntos.
Te pregunté qué animal fue.
Un ave. Dijiste
exactamente así.
Un ave y punto.

Pensé enseguida en su vuelo interrumpido,
en esa línea que dejó de trazarse sobre el cielo.
Las alas batiendo nubes
en un movimiento constante,
el aire entre las plumas.
El vaivén del arriba y abajo que de repente
se pliega.
Como esto.
Igual al punto que usás cuando me hablás de la muerte.

Te pregunté qué hiciste con ella,
no sé por qué.
Quizá porque quería saber cómo te sentiste
al verla de cerca.
Si la miraste desangrarse en el pasto
o si te animaste a sentir su cuerpo tibio todavía.

La comí. Dijiste
y te vi capaz.
Te vi capaz de todo el ritual
del desplume, del trozado.
Vi el fuego arder para recibir la presa.
Todo como pequeños instantes…
una sucesión de puntos.

“No sé qué decirte”, fueron las palabras
con las que dejamos de hablar.
La muerte de las cosas es así, ¿no?
El vuelo de un ave
una línea trazada por puntos
que se quiebra para ser ángulo,
noventa grados de caída libre, eso es.
Y tocar el suelo
con la sangre apagándose de a poco
en el silencio de eso
que no sabría decirte
aún hoy.

Lucía Vargas

Nació en Capital Federal (Buenos Aires, Argentina) el 1 de diciembre de 1987, pero creció en Caleta Olivia (Santa Cruz).

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El astronauta, Gonzalo Arango.

El astronauta gira en la noche espacial

circunvalando la luna

dentro de su cápsula.

 

Tiene hambre y no come,

tiene sed y no bebe.

 

El astronauta solo quiere hacer el amor

Y recuerda una chica estupenda

que vive en una calle de Houston,

a quién los vecinos saludan cautelosos

pero con cariño cuando sale al jardín

a regar las matas en la calurosa tarde

de este verano de Julio.

 

“How are you, Mss Callings?”

Y Mss Callings contesta:

“…Hmmmm…”

 

Con un eco de soledad

Como la cola de un cometa.

 

Gonzalo Arango. Andes, 18 de enero de 1931 – Gachancipá, 25 de septiembre de 1976

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