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Flecha partida, Mariano Blatt

 

El otro día me morí
y en la muerte había un chico andando en skate
Le digo eh muerti
me dice eh marian
le digo eh capucha todo bien
me dice eh feo qué contás
le digo eh buzito hay faso acá
me dice quedate piola no te hagás el vivo
le digo te gusta booka shade
sí me dice yo soy booka shade
le digo eh noche qué hago acá
me dice mirá neurona yo no soy tu sistema nervioso
y entonces zas ahí caigo
estaba re de viaje me dice qué tomaste fijate lo que tomás
pues tu cerebro no se la banca
y en momento que me dice eso va subiendo
desde adentro de mi sistema
una neurona re fallada que manda mala electricidad
para que te des una idea
de que no estamos vivos nunca estuvimos
de que el mundo no existe no hay cielo
no estamos parados en nada ocupamos
absolutamente ningún espacio
cuenta la leyenda
que un indio llamado flecha partida
vagaba perdido por la zona de centroamérica
que en aquella época no se conocía
con ningún nombre
pues no había mapas
flecha partida había ingerido
por tres días seguidos
unos yuyitos super milagrosos
enviados desde el principio del universo
y en sarpada extinción del espíritu
bailaba re loco re puesto re ilegal
aunque en ese entonces no existía
la idea de loco puesto o ilegal
pues no había mapas
mojando sus tobillos a la orilla del mar
aunque en esa época no había mar
pues no había mapas
cuenta la leyenda que flecha partida
el indio poeta escribió un poema
de un chaboncito llamado mariano
que en el futuro del mundo mundial
se fumaba un porrito se tomaba una keta
y zas sentía que se moría y en ese oscuro viaje
de la keta el porrito y el súper ácido lisérgico
conocía a booka shade andando en skate
y tras intercambiar unas breves pero hermosas palabra
escribía el poema de un indio
flecha partida
que mojando sus pies en el mar
escribía un texto de mariano
que tomando keta porro y ácido
escribía el poema de un indio
que fumando porrito mojaba los pies
en el ácido lisérgico y escribía un poema
de mariano el indio partido
que fumando keta escribía un poema del porrito
que quemaba en el mar los pies mojados del indio
flecha mariano que partido escribía
un tema de booka shade que dice
más o menos
así.

Mariano Blatt nació el 21 de septiembre de 1983. Es poeta y editor, responsable de la editorial independiente Blatt y Ríos.

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Exhibición de atrocidades, Laura Wittner

Alguien pescó, cortó y dejó
en la orilla esta cabeza de pescado
unida simplemente a su intestino.
La veo y siento mi propia cabeza
cómo se continúa en la garganta
y más allá. Con el mar hasta el culo
se besa la pareja enamorada.
La joven pareja enamorada.
También estuve ahí, sí, claro,
¿quién no? Una mujer sin pelo
entra al agua con determinación.
Apelmazado de sal un perro suelto
olisquea por sorpresa la entrepierna
de una chica en bikini: “¡Salí,
perro de mierda!” (cito textual). Si tres
granos de arena secos son capaces
sobre la roca, al viento, de variar
en dibujos infinitos, ¿cuán atroz
puede ser la variación de esta escultura
que en arena dura y húmeda sugiere
un castillo, un torso femenino,
unas montañas, un circo, una frontera?
¿Qué se arrasa por dentro de los moldes
y convulsiona y en lo químico muta
mientras una tan campante veranea?

 
 
Laura Wittner (Buenos Aires, 1967) es poeta, traductora, escritora de libros infantiles y docente.
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LOS FINOS POETAS (cuasi un poema), Víctor Raúl Jaramillo

 

 

Para Gustavo Adolfo Garcés,

que me contó la historia

 

 

La lectura había acabado

con los infaltables aplausos,

las firmas y las fotografías

para la posteridad.

 

En la acera de la librería,

volvieron los acostumbrados

diálogos intelectuales

sobre libros, ediciones y poemas

de los poetas presentes y otros poetas.

 

Aún era temprano,

y los poetas,

los finos poetas,

decidieron ir de vueltón

por uno de los bares de mala calaña.

 

La pasaron bien:

muchas botellas de ron,

algunos baretos,

uno que otro pase con la dama blanca…

incluso hubo uno que se atrevió

a besar a una muchacha

protegido por la oscuridad.

 

En fin, la pasaron de maravilla

entre promesas de ánimo hipostasiado,

algunos halagos e ironías,

y risas, muchas acaloradas y estruendosas risas.

 

Se mezclaron con el bajo mundo

aunque con cierto temor:

cuidándose de algún puñal,

de alguna pelea,

de cualquier balacera.

En pocas palabras:

esperando no se derramara la sangre

en algún rincón.

(a los poetas no les gusta la sangre,

sino la tinta)

 

Pero había que madrugar,

seguir el rutinario grillete

de la vida que soñaba con algún premio

que los sacara de pobres,

que los llevara a la inmortalidad

como todo hijo de la esperanza.

 

Se despidieron entre abrazos fraternales,

no sin antes desearse suerte

con la próxima publicación…

y hasta la vista.

 

Cada uno se marchó como pudo.

 

Al día siguiente,

en medio de la rumba continuada,

los malandrines que los pistiaron

en la noche de aventura,

se decían:

“¿Vieron a esos finos poetas?

Marica, yo estaba asustado.

¡Y no pasó nada!”

 

 

 

 

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TORSO, Amílcar Osorio

El pedazo que queda
consiste en los tobillos,
el epigastrio, las caderas,
el bajo vientre.

Las nalgas y la espalda
están recostadas al muro.

No se sabe si es un despojo
de las guerras dorias
o un muchacho del gimnasio.

Pero muerto como vivo
es una mera estatua. 

 
Amílcar Osorio (Santa Rosa de Cabal, Risaralda, Colombia, 1940-1985)
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4. CUATRO, Mónica Maristain 

no esperes nada de la vida y de la muerte y de un frasco de  

tinte para el pelo con la etiqueta que dice caoba claro 

zanahoria de la chingada es la testa que ven cuando pasas 

frente al criadero de cerdos blancos y cometes el error de 

pensar que hay algo para ti escondido en aquella sombra 

vaga que hacen los grillos cuando escampan 

no qué tontería 

cómo te atreves a esdrujulizar una existencia como la de cualquiera 

sé cualquiera 

eres cualquiera 

si por un momento la redecilla que aplasta los pelos del cerebro llega hasta casi la altura en que empiezan los ojos podrás decir que estabas un poco ciega y un poco sorda y un poco mamerta que te olvidaste tu obligación de ser cualquiera porque a lo único que haces caso es a tu insignificancia 

algo que experimentas con las películas de época 

los bares llenos 

los zapatos de plataforma que dejan huella aún en los pisos 

lustrosos 

lo querrás todo 

el alma gemela y la barbarie 

las tripas salidas del hueco del estómago y la ligereza de un  

pie en la caja con plumas 

escribirás 

borrarás 

te meterás el dedo en la nariz cuando las cosas se pongan  

espesas ¿el dedo corazón? 

tú no eres de esas  

te faltó tiempo para la cobardía 

algo de fe en el heroísmo 

eres cualquiera  

claro que te quede 

***

Mónica Maristain (Concepción de Uruguay, Argentina). Editora, periodista y escritora.

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El duro silencio de las cosas, Inés Posada. 

Abre los ojos lentamente sobre las pieles de la sombra.
Toca en sus bordes alguna señal oscura y silenciosa.

El viento mece una pena incierta.
Una señal dirige nuestros pasos
y se enreda en las sílabas de un nombre
que deja sobre el vacío del cuerpo
impresiones y ausencias.

Su sonido taladra, rompe,
y se duerme hasta el alba.

Nos acecha para siempre
el duro silencio de las cosas.

Inés Posada. 

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Pombéro, Franco Rivero

Pombéro

decir patio y campo

acá es redundancia

igual ha’e ndéve

vamo al patio

el tronco

donde apoyamos las piernas

al sentarnos

marca un límite

y la sombra

que hace un amba’y

con la luna

nos cubre el pecho

te miro el pecho

como si me hubiese zambullido

respiro

como si me fuera a ahogar

como el aire

no lo respiro

yo me caliento con el campo

sobre todo de noche

hay una exuberancia

por el aire

que aumenta mi deseo

hay un silencio de grillos

de ju’i

a lo lejos

algún ryguasume

dibuja distancias

hay hoy

un perfume

nuevo

sos vos

rohetũ

palabras como muã muã

entre nosotros

abren puntos

en lo oscuro

falta la caña

que nos anime

la oscuridad suficiente

para cumplir la leyenda

y su disculpa

pero no soy una campesina joven

virgen

sino el pombéro

que desea

a otro pombéro

tengo viento a favor

rohetũ

tu barba no tiene olor a pelo

huele a animal

chãicíto

hablás del agua

del sol caliente

de lo lindo que fue nadar

en ese arroyo

olías a camalotes en la siesta

qué linda que te quedaba

el agua en el pecho

de reojo miro tu cuello

tu perfil

y todo de vos deseo

bostezás

 

qué dientes te dio tu madre

me digo

no es de pombéro

este celo contenido

uno de los dos toca la leyenda

de oído

qué lindo sería

tirarme con vos al pasto

cojer de una vez

sobre el rocío

olés a campo

en la noche

yo siento en mí todas tus hierbas

el viento te acerca más

y tu olor

en mi mente te desnuda

y si te doy

mi versión de la leyenda

si te gano gracias

a tu respeto por las fuentes

pero no

hablamos

hablamos como si quisiéramos

sólo hablar

y todas las palabras brillan

se cojen

Franco Rivero nació en Corrientes, el 11 de mayo de 1981. Vive en Juan José Castelli, Chaco.

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