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Sótano, Fátima Vélez 

que quieres quitar de ahí

las telarañas

las capas de moho

inténtalo

a ver si no aparece de pronto la olla

con el arroz pegado

los guantes amarillos

que protegen

del jabón quitagrasa que te agrieta la piel

y en el silencio

de quien lava platos y olvida poner música

el poema se tararea solo

como si tuviera pies

y quisiera hacer de ti un salto

es

no cabe duda

ese que dice

que se llegó al final de la carrera

y el premio es otra carrera

 

y si el premio es una pared

y si el premio es mugre coagulado en un sifón

y si todo fondo no es más que horas percudidas en la cortina de baño

la sala donde la luz pega directamente en el reflejo de la infancia

donde también el tema con la luz

es cosa seria

 

los niños

sus deseos

su canto de sirena

que tratan de arrastrarte

a la inacción

a no ser

otra cosa

que calor atemporal

 

 

su belleza

que crece

sobre  filo

en tu garganta

raíz

que no se ve en ningún espejo

pero sabes

si no la cuidas

no la riegas

no la podas

recuerda

poner papel conciencia en las paredes

quien se ha cortado con papel sabe

lo que guarda en sus bordes el blanco

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Lo que importa

Las partes de la vida que recuerdo,

el puente, su altura, las vías del tren,

el tren que ya no pasa,

un río fino de agua,

pantalón muy corto, musculosa,

otra vez verano,

mis amigas y yo

somos felices,

no hemos perdido nada.

No sabemos, de hecho, qué es la pérdida.

Lo que recuerdo,

las piernas al sol, el aire caliente

el pelo suelto, el cielo.

Lo que recuerdo,

las partes de la vida que recuerdo,

la espera no existe. Todo es presente

y corro en la playa,

lo único que me detiene es el mar

el reflejo del sol que me enceguece.

Estoy en el agua,

nado de espaldas,

miro el cielo del mar,

que es un cielo mayor, un cielo madre.

Lo que recuerdo,

estoy en el agua, miro el cielo

desde la pileta del club.

El agua siempre es nítida.

Lo que recuerdo,

lo que más importa,

el tiempo en el que aún no sé

el nombre de las cosas.

 

Natalia Romero 1985. Bahía Blanca. Argentina

Sus poemas se pueden leer en https://todaslascostas.blogspot.com.co/

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El miedo en un grito, Helí Ramírez

Otra explosión se oye y disparos se escuchan
para que la tarde de falda gris
después de una ráfaga seguida de cansancio
llene su rostro la tarde de miedo
y los labios de quienes salen a buscar el bus o el metro
para sus casas huérfanos de alegría en la tarde,
despeguen los labios con segueta y se murmuren un
“buenas tardes” para perderse entre el miedo en un grito
al escuchar historias parecidas a las suyas
sobre los hombros en el bus o el metro al salir de la
tarde de falda gris y entrar a la noche de mirada negra
y despertar al amanecer de peludo horizonte…,
peludo horizonte.
 
Helí Ramírez. Ebéjico, corregimiento Sevilla, Antioquia. 1948.
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Sin título, TILSA OTTA VILDOSO 

La poesía es la gran aguafiestas

La invitada sentada en la esquina callada

Observando a todos, la que no se halla, se aburre rápido, piensa que estaría mejor en casa

La que roba vasos de otras manos y siempre pide cigarros,

La primera que baila y luego llora,

La que roba besos a chicos y chicas, la que no logra articular palabras ni caminar derecho, la que pierde el sentido

A quien botan a patadas y regresa

Contenta, ya más animada

La última en irse, cuando la fiesta ya ha terminado

La primera en llegar cuando la fiesta ha terminado

La copa rota, el suelo mojado, el vómito en el sofá de cuero, la quemadura de cigarrillo en mantel y brazos, la aventura de una noche, la resaca, el chupetón, el arrepentimiento, el nuevo amor, la pastilla del día siguiente, tus tres hijos, el departamento comprado a plazos, la búsqueda del éxito, la deuda con el banco, el auto de segunda, la estabilidad, la confianza que dan los años, la crisis de los cuarenta, el fin del amor, la vejez tranquila, tu entierro.

La poesía es todas las fiestas.

TILSA OTTA VILDOSO (Lima, 1982)

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La lambersiana, Alejandro Crotto

La lambersiana

Detrás de la pileta hay una lambersiana
del color del limón. Es mediodía
y reverbera el aire en el calor
de febrero y la quieta resolana. Los grandes
ya se fueron a misa,
van a rezarle a Dios, que no se ve y es santo;
mientras tanto los primos nos metemos al agua,
nos secamos tirados entre risas al sol.

Después yo entré en la lambersiana. Era otro mundo
ahí dentro, como ver otro lado en las cosas,
lo que las sostenía. Afuera los penachos amarillos
en el aire caliente, y una estructura adentro
de ramas resinosas y la luz, la fresca luz
filtrada, que me dura.

 
Alejandro Crotto, Argentina 1978. 
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7. Omar Pimienta 

un agente sospecha de ella

sospecha de él     sospecha de mí

sospecha de sí mismo y sobretodo sospecha del bebé

su trabajo sospechar

todo lo tuyo es sospechoso:tus lentes son sospechosos

tus libros son sospechosos

tu auto es sospechoso

el día nublado es sospechoso

la foto en tus documentos es sospechosa

tu apellido es sospechoso

tus orejas son particularmente

sospechosas

las huellas de tus dedos

más que nada son muy sospechosas
ella carga un recién nacido

él ve los documentos

no hay foto que sea fiel a un bebé

no hay papel que asegure

que tú eres tú a los 10 días de arrimado a la fiesta

no hay padre o madre que no sospeche

en los primeros 10 días

de la procedencia de ese hijo

la sospecha es parte del engrane

que cruje cuando el mundo se mueve

un sospechoso agente de inmigración

sospecha     le pide a ella que saque su pecho

ella sospecha     él sospecha de sus pechos

le pide que lacte

si ese hijo es de ella habrá leche

si no la sospecha será certeza

ella lo hace

él le pide que lo vuelva a hacer

en el primer intento la cantidad de leche

fue sospechosamente poca

ella lo hace de nuevo

él la deja pasar y la línea de sospechosos avanza.

Omar Pimienta (Tijuana, Baja California Norte, 1978)

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El anónimo, José Watanabe  

Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.

Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.

 

José Watanabe  (Laredo, Perú, 1946, Lima, 2007).

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